Olenka

Fue de improviso, como suelen suceder estas cosas.

Una mañana me llama mi supervisora para anunciarme que voy a estar un mes trabajando en las oficinas centrales de ChorroSA, que la titular se ha cogido vacaciones y aquello necesita un equipo completo de profesionales del trapo. Me coge en unas semanas que estoy sin trabajar, con lo que acepto casi sin pensármelo. O sin pensármelo, directamente. La pasta es la pasta y las legumbres son las legumbres. Así que el día señalado acudo allí para que me den las instrucciones habituales (zonas de las que me voy a encargar, dónde está el cuarto de las escobas, localización de la máquina del café… ya sabéis; lo básico).

La sorpresa viene en el minuto uno, cuando me entero de que no voy a trabajar sola, sino que tendré una compañera que se ocupará de otras zonas del mismo edificio. Estoy acostumbrada a ir a mi bola y lo de tener que andar coordinándome con otra persona me toca un poco la moral, pero bueno; acabo adaptándome a todo. Así que me la presentan.

-Hola, mi lliamo Olenka. Muscho gussto.

Olenka es una rusa corpulenta, más o menos de mi edad y con aspecto de tener experiencia laboral previa en explotaciones mineras. Empujando vagonetas.

Lo que viene después sólo puede describirse como una locura. Una locura muy loca. A ver, cada cual tiene su manera de trabajar, pero lo de esta mujer es de traca. Cambia de criterio a cada rato: si en un sitio hay que quitar todas las bolsas de basura, al minuto siguiente no; sólo se vacían. Donde cualquiera con sentido común deja pasar la fregona para el final, que así no se pisotea, ella se empeñaba en hacerlo al principio “para que se vaya secando”. Si en unos baños hay que usar el producto Tal, en los siguientes es el Pascual. No hay forma de seguir un patrón o un procedimiento fijo; a la que empiezas a hacer algo de la forma A, tienes a Olenka detrás dando voces “¡¡¡nooooo, de la forma B!!!”. Y así toda, toda, TODA la mañana.

Para cuando llega el final de la jornada tengo encima un nivel de estrés que falta un pelo para que monte una como la de Michael Douglas en Un día de furia. Me salva que estoy muy bien educada, y eso.

ratatatatatata

La suerte es que eso fue sólo el primer día. A partir del segundo cada una se encargaba de su zona por separado, pero yo cuidé mucho de cruzarme con ella, no fuera a ser que intentara convencerme de que no se barre el suelo con el cepillo, sino con el palo, o algo así.

Susbendito.

Dejao, que eres un dejao

Esto propiamente no me ocurrió trabajando, sino haciendo horas extra en casa de un amigo al que visitaba a menudo por su excelente conversación, sus magníficas dotes culinarias y por el hecho de que vivía en la calle perpendicular a la mía a un minuto escaso andando.

Mon y yo nos llevábamos bien por muchas razones, que se podían resumir en una: nos complementábamos a la perfección. Las filias de uno eran las fobias del otro, y viceversa. Por ejemplo, Mon, que era un cocinero estupendo, se encargaba del guisoteo (algo que yo odio; soy de las que creen que el microondas y los platos precocinados están entre los más excelsos logros de la humanidad), y yo, que soy más organizada y más de separar la ropa por colores, hacía lo propio con la lavandería, algo que Mon no llevaba muy bien. Otro día cuento lo de la cagada de gato.

Pero bueno, que me lío. Un día oigo a Mon soltar palabrotas en arameo y el ruido de algo metálico golpeando el suelo.

-¿Qué pasa?
-Que no encuentro una lata de guisantes que tenía por aquí. Y compré una hace poco.
-Deja que mire yo, que cuatro ojos ven más que dos, y-

Ahí se me cortó la frase. Normal que no encontrara los guisantes, ni sandías que hubiera buscado: el armarito de las conservas parecía la zona cero de un pepinazo nuclear.

-Joer, Mon, tío, ¿pero cómo tienes esto así?
-Yo qué sé- respondió él, encogiéndose de hombros, en lo que era su respuesta estándar para casi cualquier cosa. Empiezo a sacar latas y a ponerlas en el suelo, intentando mantener algo parecido a un orden. Ninguna es de guisantes.

-Anda, ¿por qué no te llegas a la tienda a por una y yo te ordeno esto en un momento?- le dije, mientras yo me sentaba en el suelo y me disponía a meter mano en ese caos morrocotudo. Por mi toto moreno que eso se quedaba ordenao.


(Si os parece bien, poneos esta música de fondo mientras me imagináis con la faena).

Lo primero fue sacarlo todo y limpiar el interior, que me daba a mí que nadie lo había hecho en una temporadita. Venga, latas fuera. Un sobre de no sé qué con pinta de estar más caducado que el carnet de conducir de Amenhotep IV. ¿Qué es esto? Huele raro. Snif. ¡Argh! No; qué raro ni qué; huele fatal. Latas. Más latas. ¡Ravioli! Mira, para esta noch… ¡caducados! ¿Y esto? Anda, si hasta tiene todavía el precio puesto… ¿Eh? ¡EN PESETAS! ¡¡¡EL PRECIO ESTÁ EN PESETAS!!!

Por algún motivo Mon va comprando conservas, las guarda y luego se le olvida que las tiene. ¿El resultado? Un armarito de cocina petado de latas del año de la polca apiladas sin orden ni concierto, sobres con algo en polvo del que bastaría una cucharada para hacer irrespirable el aire de toda una ciudad y de los polígonos industriales del extrarradio y, por supuesto, telarañas. Con sus correspondientes arañas cabreadas porque les has tirado el chiringuito.

arañica

«Jo, ya te vale»

Total, que cogí una bolsa de basura y me lié a tirar todo lo que estaba pasado de fecha (o sea, unos tres cuartos de lo que había), limpié el interior del mueble y ordené el resto de forma que lo más próximo a caducar se consumiera primero. Casi una hora de reloj con el puñetero armarito. Y sí, había latas de guisantes. Varias. Muchas. Algunas merecedoras de una etiqueta de “Gran Reserva”.

Mon, la madre que te parió.

La aspiradora voraz

¿Os acordáis de aquella cosa lisérgica en forma de programa de televisión para críos que era “Los Teletubbies”? Bueno, pues una aspiradora parecida a la que rondaba por la casa de estos personajillos es la que me tocó manejar la temporada en la que estuve encargada de limpiar una tienda de ultramarinos.

aspiradorateletubbies

Y hasta era del mismo color. Pero sin ojitos.

Aquella aspiradora era un mamotreto enorme que tenía que llevar arrastrando tras de mí, conduciéndola entre las estanterías procurando no golpear nada y al mismo tiempo intentando que el (larguísimo) cable de corriente no se enredara / se desenchufara / me hiciera tropezar y besar apasionadamente el suelo.

Generalmente me desenvolvía bien, una vez pillado el truco de hacer los giros por los pasillos. Además, era un cacharro potente e iba de fábula para dejar impoluta la sección de las verduras: bastaban un par de pasaditas para que los “papelillos” de los ajos y las cebollas desaparecieran rápidamente sin necesidad de rozarlos siquiera.

Fue un día en que estaba haciendo precisamente esto último. Había eliminado ya los restos cebolleros cuando vi que el cajón de las zanahorias tenía también muchos pizquillos. “Venga, le pego también un repasito a esto y ya se me queda niquelao“, pensé. Así que, con la gracia y el salero que me caracterizan, dirigí el tubo hacia allí para rematar la faena.

Pasaron unos segundos hasta que me di cuenta de que estaba aspirando algo más que las virutillas. Una, dos, tres zanahorias se colaron p’adentro a toda velocidad, y porque aparté el tubo enseguida, que si no se cuelan catorce más. Así que me tocó apagar la aspiradora, abrirla, sacar las zanahorias de la bolsa, llevármelas al servicio, limpiarles la pelusa y volverlas a dejar en su sitio. Todo esto mientras me daba un ataque de risa floja por imaginarme la misma escena protagonizada por algún que otro cómico famoso.

Rowan-Atkinson

Mister Bean aprueba esto.

Terminé la limpieza sin más incidentes, aunque de vez en cuando me acordaba y empezaba otra vez con la risera -y con la preocupación de que entrara alguien, me viera riéndome sola y le comentara a mi jefa que qué pena, la muchacha que tienes limpiando; tan joven y con la cabeza ida.

Despido esta entrada no sin recordaros que, cuando compréis alimentos frescos, los lavéis bien antes de consumirlos. De nada; a mandá.

¡Chochooooo!

No hace mucho me tocó cubrir unas vacaciones en un centro que no es el mío habitual. Por esta razón empecé el primer día coincidiendo con el último de la compañera a la que iba a sustituir para que me fuera explicando dónde está el material, qué orden se sigue cada día, qué llave abre qué puerta y, lo más importante, dónde está la máquina del café. Se puede decir que ese primer día estuve de aprendiz de esta señora, aunque ella en ningún momento me llamó “a vé, la nueva” ni “joven padawan” ni nada parecido, sino más bien el más castizo y sonoro chocho.

Con lo que así transcurrió la mañana: “¡Chocho, pásale la fregona a eso!”, “¡Chocho, échale lejía ar váte!”, “¡Chocho, cambia las bolsas de las papeleras y tira las llenas en el saco grande!”. Todo a cámara rápida, porque -como es habitual en muchos trabajos, y no sólo de limpieza- hay que hacer la faena de 8 horas en 5.

Y como la entrada me ha quedado muy corta, añado un vídeo musical que tiene que ver con esto nada más que de refilón:

Diógenes vive

Normalmente no trabajo en viviendas particulares, pero alguna vez que otra sí he aceptado echar unas horas aquí y allí, por aquello de ganarse unos eurillos extra.

Durante una temporada estuve yendo a un domicilio de las afueras un par de veces por semana. Limpiaba el polvo, pasaba la aspiradora, fregaba los baños y el suelo… nada del otro mundo. A veces me pedían alguna otra cosa, como planchar o limpiar cristaleras, pero en general no tenía mucho problema: la casa se mantenía razonablemente limpia y sus habitantes eran gente agradable. Y pagaban bien.

Un día mi jefa me dice que si le puedo ayudar a mover unos trastos del garaje. “Pues claro”, le contesto, y vamos para allá. Es entonces cuando reparo en algo que me había chocado desde el primer día: a pesar de contar con un garaje, el coche siempre estaba aparcado a la intemperie. Lo achaqué a que lo utilizaban mucho y por eso durante el día preferían tenerlo fuera, guardándolo ya por la noche. Pero no. No era por eso. Qué va.

Cuando la señora abrió el portón comprendí por qué el coche estaba siempre al fresco: era imposible meterlo allí. La cochera, con capacidad para dos vehículos, estaba llena hasta los topes de todo lo que os podáis imaginar. Al fondo se adivinaban dos armarios de estilo setentero con las puertas a punto de reventar por la presión de lo que sea que hubiera guardado en su interior. Encima de éstos había cajas de cartón y montones de ropa metida de cualquier manera en bolsas o directamente suelta, en pilas cuyo equilibrio amenazaba con sucumbir a la gravedad en cualquier momento. Delante de los armarios, varios muebles bajos igualmente atestados de cachivaches competían por el espacio, sin dejar ni un centímetro cuadrado libre. Una lavadora y una secadora se hallaban acorraladas contra la pared, ambas fuera de combate, junto a un aspirador igualmente estropeado. Había amontonamientos de libros viejos en varios idiomas, una caja con vinilos de cantautores franceses de los 60, otra con chirimbolos diversos entre los que se distinguían una radio de coche medio deshecha y máscaras de goma que alguna vez quisieron tener rasgos humanoides. Más bolsas con ropa, más cajas con libros y papeles, un bidet (¡un bidet!) agrietado, colchones enrollados que albergaban ecosistemas enteros con su flora y su fauna, otro mueble a medio desintegrar con aspecto de haber sido el plato principal en una cena de termitas. Mirara a donde mirara, sólo veía trastos y más trastos; montañas enteras de objetos en tan malas condiciones que pegaban más en un vertedero que en una vivienda humana. La casa estaría impoluta, pero el garaje era un modelo en 3-D de la definición del Síndrome de Diógenes.

diogenes

Una cosa así, vaya.

«Es que tengo que sacar unas cosas de aquellos armarios y habría que retirar esto…», me dice al tiempo que empieza a tirar de una de las mesas, de forma que todo lo que había encima se tambaleó como una cuadrilla de borrachos. Empiezo a considerar la posibilidad de ir a la moto a buscar el casco y ponérmelo, por temor a acabar con alguna grieta en el cráneo.

Vale. Profesionalidad ante todo. Retiro la mesa, varias cajas que tenía alrededor, aparto un tablón lleno de puntillas oxidadas que prometían inocularme dieciséis cepas distintas del tétanos y me peleo con un cajón de plástico que se había atascado entre un reproductor de vídeo Beta y lo que parecía un caballete de pintor horriblemente deformado. Tras diez minutos de arrastrar chismes, por fin se quedan libres las puertas del armario y mi jefa empieza a sacar bolsas de dentro. Las mete en casa, vuelve, cierra el armario y entonces me la juego. Por si cuela.

«¿Aparto estas cosas para tirar?»

«No, no; esto se guarda todo. ¡Venga, vamos a meterlo para dentro!»

Intento disimular la cara de pasmo y hala, a empujar bultos otra vez a la cochera-almacén. Al menos pude aprovechar la experiencia de miles de partidas al Tetris en mi juventud para dejar aquello lo más organizado posible. Eso sí, durante el resto de la tarde tuve la puñetera musiquita metida en la cabeza.

Agujero negro

Aquí quien más y quien menos sabe lo que es un agujero negro: un punto del espacio-tiempo con una gravedad tan bestia que se traga todo lo que tenga cerca; incluso la luz (de ahí lo de “negro”; al no reflejar luz no se ven). Pues bien, esa función desempeñé, salvando las distancias, cuando me encargué de eliminar tropecientasmil arañas en uno de mis primeros trabajos.

Bueno, si nos ponemos técnicos no eran arañas. Eran opiliones; unos arácnidos inofensivos también conocidos como segadores (o “arañas patúas”), de esos que tienen un cuerpecillo redondo muy pequeño y luego las patas muy finas y largas.

aracnidos_patudos

«Estamos aquí para hacer gritar a tus hijas.»

El caso es que me habían encargado que limpiara una cocina y la correspondiente despensa de una casa que llevaba deshabitada unos meses y donde una colonia de patilargos de éstos se habían hecho fuertes. Había montones casi en cada esquina y detrás de cada mueble, además de una capa de polvo de espesor considerable cubriéndolo todo y roñilla de color parduzco trazando el perímetro de los azulejos. Que tenía trabajo para un rato, vamos.

Tal como vi la cosa, lo primero era librarse de los bichos. Y con la cantidad que había, sacarlos de allí sacudiéndolos con un trapo no era lo más inteligente. Por la misma razón, emprenderla a escobazos tampoco parecía lo más apropiado, y desde luego ir machacándolos con la zapatilla tampoco me apetecía, por el desgaste muscular y porque luego me iba a tocar limpiar también las plastas sanguinolentas. Y no, oye.

¿Solución? Tirar de aspiradora. Fui a buscar una, le metí una bolsa nueva, le enchufé el tubo más largo que encontré y la puse en marcha. Máxima potencia. Impresionaba ver la velocidad a la que desaparecían esas aglomeraciones de patas, fundidas en un torbellino.

En unos minutos se quedó la despensa despejada de habitantes y pude limpiar con tranquilidad. Eso sí, pensando en la risa que le iba a dar a quien vaciara luego el contenedor de la calle cuando viera que una bolsa de aspiradora se abría y dejaba salir huestes infernales de bichos patudos buscando venganza.